 | ¿Imputado o culpable? |
 Queremos ofrecer a todos nuestros visitantes este texto de Alberto Piñero de la Universidad de Valencia, que viene al caso que ni pintado, y aunque el artículo versa sobre una situación política el fondo es totalmente extrapolable a la situación que vivimos.
Deberían muchos medios de comunicación repasar estas palabras para entender que por mucho que les duela D. Manuel Ruiz de Lopera también es sujeto del derecho a la presunción de inocencia mientras un tribunal no dicte lo contrario, y a día de hoy nadie ha declarado la culpabilidad del mismo, por muy imputado que esté... los imputados pueden ser declarados inocentes, no lo olviden.
"Imputar algo a alguien es, según el diccionario de la R.A.E., en su
primera acepción, atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho
reprobable, es decir de un hecho que no se aprueba y que, es más, se da
por malo. Es decir, alguien, el acusador, ha conocido la probable
existencia de un hecho, ha interpretado que es malo, y lo ha atribuido a
una persona a quien considera culpable.
La vida nos ofrece
abundantísimos ejemplos de imputaciones que han resultado ciertas, pero
no menos de otras que se han probado falsas, o basadas en
interpretaciones que no eran sino retorcimientos malévolos.
Cuando la
política está de por medio, y hombres sin escrúpulos ofician de
políticos, las falsas imputaciones se convierten en su discurso del
método. Así se han cometido verdaderos crímenes. Por citar uno me
limitaré al famoso affaire Dreyfuss, con el que políticos y militares
franceses acosaron, denostaron, e injuriaron a Dreyfuss, hombre
honorable donde los hubiera. Nadie le devolvió nunca su fama perdida. Su
honor y su honradez no se los pudieron arrebatar, pues los llevaba
dentro, pero le destrozaron la vida. Guardando mucho las distancias, una
imputación desde interpretaciones malévolas, esta vez desde compañeros
ideológicos, quebró hace no mucho la carrera de un político valenciano
de primerísimo nivel, a quien tampoco nadie, nunca, devolverá su fama,
aunque su dignidad, como Dreyfuss, la lleve dentro.
Cuando observo
que la imputación de algo a alguien provoca, en ámbitos políticos
partidarios contrarios a ese alguien, lo que el inenarrable Zerolo
denominaría orgasmos democráticos, siento, como Hamlet, que algo huele a
podrido en Dinamarca, sobre todo cuando Dinamarca son los compañeros
ideológicos de las fuentes de que se nutrió la imputación.
Alegrarse
del mal ajeno, aunque se trate del de un adversario político, es
siempre una bajeza. Dar por hecho que un imputado es culpable es una
maldad, contraria a lo propio de un Estado de Derecho. Hacerlo en
público, en las instituciones, es pura barbarie. Y es, además, una
solemne estupidez, porque si resulta luego que el imputado queda libre
de imputación, o absuelto con todos los pronunciamientos favorables,
¿dónde quedarán los que jalearon lo que resultó no ser sino un falso
testimonio?"
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